Leyendas populares de México

By | 03/09/2015

Algunas de las leyendas más pedidas por el público son aquellas de terror, de miedo. Como esta a continuación, una leyenda mexicana de terror. Gracias a nuestros amigos de nuestrasleyendasdeterror.com

Leyenda de terror mexicana: El tío Miguel

Cuando yo tuve a mi tercer hijo, que fue hija, me puse muy grave, tan grave que el doctor Luis López me dijo que me fuera yo a su casa, porque no podía estar viniendo tan seguido a la mía. Mi esposo y yo aceptamos y nos fuimos a su casa. Una noche me sentía muy mal, grave, tanto que el doctor ya le había dicho a mi esposo que no le daba ninguna esperanza de que me salvara -después de mucho tiempo me enteré que ellos sabían que no tenía remedio-. Esa noche que me sentía tan mal, no podía dormirme por la temperatura y por los dolores. Todo estaba en penumbra, nada más la luz del poste de la calle llegaba a la recámara. Entonces vi a una persona que se asomaba por el cristal, pero no podía entrar, se asomaba y se asomaba y no podía entrar. Yo, por la angustia y la temperatura tan alta que tenía no podía hablar. Al otro día, le dije a Alma Gloria, la esposa del doctor Luis:

– Fíjate que anoche vino un señor y quería entrar, pero yo no le pude abrir ni te pude hablar.

– No, no te preocupes, han de haber sido los pañales colgados en el patio que se movían.

Entonces yo dije:

– Sí, han de haber sido los pañales.

A la siguiente noche me dijo Alma Gloria:

– Te voy a dejar la puerta abierta porque hace mucho calor.

Esa noche apareció la misma persona que la vez anterior. Vino y sí pudo entrar. Se acercó hasta mi cama y me tocó la cabeza, me hizo cariños en la cabeza, y me dijo:

– Te vas a aliviar…

Al otro día Alma Gloria me puso el termómetro y le dijo a Luis:

– Oye Luis, no tiene temperatura.

– A ver, déjame ver, le contestó el doctor.

Me volvieron a poner el termómetro y yo no tenía nada de temperatura. Ese día comí muy bien, me pasó toda la comida que me dieron. Comí bien y todo. Cuando regresó el doctor en la tarde preguntó:

– ¿Cómo siguió?

– Fíjate que comió muy bien.

– Mañana quiero que vayas al consultorio para hacerte un examen general, me dijo

– Sí, le contesté.

Cuando me revisó al otro día yo estaba perfectamente bien, todo bien. Yo no dije nada del señor, porque no fueran a decir que habían sido los pañales. Pasó el tiempo, digamos un año o año y medio, cuando en una ocasión estábamos escombrando el ropero de Lolita, mi suegra, y encontramos un retrato.

– ¡Lolita, Lolita, éste es el señor que vi en la casa de Alma Gloria.

– ¡Ay, no le hagas, si es el tío Miguel, y tiene más de treinta años que está muerto!